
Hace un tiempo CAPIF, la gestora colectiva de la música en Argentina, anunció perdidas por 600 millones de pesos a razón de la actividad de distribución ilegal de música. Fenómeno que la industria de la música llama “piratería”, término desproporcionado con el que intenta asemejar el acto de asaltar barcos robando y matando; con el fantástico acto de compartir. Criminales eran los piratas de antes, los únicos y verdaderos piratas.
Volviendo a CAPIF (aclaro que lo expuesto en éste artículo es trasladable a casi cualquier otro representante de los intereses de la industria del entretenimiento) y a las declaraciones de su abogado Javier De Lupí que afirma que la Aduana argentina ha intensificado sus controles sobre la exportación de material pero que sin embargo el ingreso de material ilegal llega en millonarias cantidades. El señor De Lupí, indica con precisión números y estadísticas de la supuesta debacle de su cliente CAPIF intentando alarmar o indignar de alguna forma al lector. Y es que esta gente pretende que compartamos su malestar, que nos hagamos uno con su causa de perseguir a los “piratas” y condenar toda práctica que contradiga las reglas de estos señores que se arrogan el derecho a decir lo que es la música. Como dice De Lupí, con aires de estar revelando algo y como si entendiera sus propias palabras “…la música es una expresión creativa que genera bienes intelectuales…”. Gracias por la iluminación Doctor.
Las diferentes industrias y sus organizaciones representantes han declarado una guerra mundial contra la piratería y para ello se han aliado con los gobiernos de las potencias. En Estados Unidos, el FBI está al servicio de corporaciones como Apple o Sony a través de sus controles sobre robo de “propiedad intelectual”. Además la hegemonía del norte utiliza su fuerza política para presionar a los gobiernos de los países mas débiles que son amenazados con sanciones comerciales si no se ocupan de reprimir la venta de productos ilegales. ¿Cuál es el límite? Mucho más allá. Por ejemplo, en Singapur el gobierno autoritario aplica las medidas mas retrógradas y draconianas en materia de Copyright: impone de sentencias que empiezan en los 5 años de prisión y multas de 50000 dólares. Para fortalecer más esta política, corrompen a sus propios ciudadanos, quienes reciben 150 dólares por ser informantes de la policía y denunciar a sus amigos “piratas”.
¿A quién le importa?
Ahora bien, ¿es la piratería un problema para nosotros? Si.
No debemos mimetizarnos con el discurso retrógrado de la industria musical condenada a la extinción, tampoco es necesario ser un pobre empleado de CAPIF. En realidad la indignación por las perdidas capitales de estos burgueses no nos deberían inmutar en lo más mínimo. No debemos reproducir ideología alguna, y menos la de estas gestoras “colectivas”. Es necesario incluso combatir su discurso fascista y su terminología engañosa. De todas formas, esta confrontación resulta sencillamente por una oposición de clases-intereses: que esta gente se crea dueña de una expresión artística como la música (de la música y cualquier otra) es desde ya desdeñable.
“Si la industria muere, la música también”. Burdas mentiras. Entonces, ¿por qué es un problema para nosotros la venta ilegal de música?.
Las personas de todos los sectores pueden acceder a productos musicales a un costo muy accesible, en supuesto detrimento de las corporaciones discográficas, pero ya sabemos que eso no nos importa. ¿Entonces el tráfico ilegal de música beneficia a la clase obrera-trabajadora? Yo diría que no, si alguien se beneficia, son los músicos. “¡¿Cómo?!” Si, si, usted lee bien. La verdad es que en el circuito de la musica industrial las figuritas se repiten constantemente y no hay prácticamente renovación de músicos masivos en relación a la cantidad de gente que hace música en el planeta. Por eso, en cierta forma los músicos del momento no tienen demasiados problemas con este tema de la “piratería”. Por supuesto, no faltará alguno que como títere de la casa discográfica de la cual es esclavo, sale a decirle a su público “por favor no robe mi música” o que “compre originales, mis hijos tienen hambre”, esto último en un inverosímil tono de súplica.
Retomo entonces la pregunta anterior. La distribución ilegal es nociva cuando nos detenemos a observar qué es lo que se esta distribuyendo. Vemos entonces que esta práctica criminalizada por la industria funciona como método de difusión y penetración ideológica de estos mismos sectores. Así es como la “piratería” es un vehículo de la misma idea que la prohíbe. Es un juego doble y parece no haber escapatoria.
Si observamos en detalle cuando acudimos a algún puesto de venta de discos ilegales o revisamos los catálogos de estas distribuidoras clandestinas o navegamos un sitio de Internet que ofrece warez, veremos que los nombres de artistas, los géneros y películas se repiten. Los títulos de los productos que se comercializan por la vía ilegal son en, gran mayoría, los productos de la industria musical y cinematográfica estadounidense. Es aquí donde debe estar nuestra preocupación, hacia donde debe estar dirigida nuestra acción. No nos confundamos al repetir el discurso de la industria: tenemos nuestros propios motivos para deshacernos de “su piratería”. Mejor dicho, deshacernos de su producción ideológica.
Las ideas dominantes…
Así como las industrias del entretenimiento combaten la piratería en todo el globo, esta actúa como fortalecedora de la homogeneidad cultural la cual atenta directamente contra la diversidad de los pueblos y los transforma en meras masas de consumidores de la basura hollywoodense. Y de esto se desprende el discurso por la globalización: gracias a la escala global del mercado las industrias colocan sus productos cargados de ideología que enardecen los asqueantes valores capitalistas: propiedad, trabajo, guerra, imperialismo, individualismo, racismo, sacrificio, consumo, clero, sexismo, etc. Millones de pares de ojos y oídos se envician de ese mensaje que reproducen y construyen su cosmovisión del mundo: “la sociedad es así y siempre lo será”.
Cansado de la extensa jornada de trabajo asalariado, nuestro amigo el trabajador llega a su hogar con el deseo de descansar y “despejar la mente”. Se enciende su televisor y se reproduce la última película pirata que compró antes de llegar a casa. Las imágenes y sonidos hacen mucho más que despejar su mente. El instinto critico y pensante se suprime con la misma velocidad que las imágenes atraviesan la retina del obrero. Paralizado, el trabajador consume el discurso que su amo quiere que escuche.
La piratería es un problema mucho más grave para el consumidor que para el señor de CAPIF. Al menos, aunque el primero no pague por la copia de su película, él y la industria ganan nuestra redención a su mensaje y sociedad.
La diversidad cultural y la innovación son también víctimas de la “piratería”: no se trata de que los “artistas” de la industria no tendrán ya incentivo para existir como tales (lo cual sería una verdadera bendición) sino que, como dijimos antes, las clases populares no tienen posibilidades desarrollarse como artistas. En parte porque la jornada laboral no le deja margen para dedicarse a alguna actividad que nutra su espíritu y porque cualquier posible intento no pasa de ser secundario-marginal-esporádico. Esto no es casualidad: la mayor parte de los artistas no pueden vivir de su actividad como tal, dicho privilegio esta limitado a los buenos discípulos de la industria (que obviamente reivindican todas las ideologías y valores antes esgrimidos). Aun así, los que perseveran y “triunfan” terminan asimilando los mismos estilos que se consumen masivamente gracias a los medios y la “piratería”.
Se reproducen así las mismas ideas y se genera un circulo vicioso del que la venta ilegal de productos culturales es vital engranaje. Se desestiman y desalientan las expresiones artísticas locales que desaparecen o son atravesadas por la lógica exclusiva y egoísta detrás del Copyright. Se elimina o se tergiversa la voz de la mayor parte de la sociedad: la del obrero.
Palabras finales
Citando a Burnett:
“La consecuencia más importante de la piratería no es como afecta negativamente a los ingresos de las empresas transnacionales…sino que alienta la divulgación de la música internacional y frena el crecimiento de música local”.
Burnett se refiere al problema ya mencionado de globalización y al “imperialismo cultural” que afecta a la diversidad cultural en el planeta. Tal efecto se acrecienta por el circuito comercial ilegal de los productos de las industrias culturales en los países tercermundistas. Como vimos los problemas de este fenómeno afectan a la cultura porque refuerzan la posición las industrias que son en realidad las que debilitan la propagación de nuevas obras artísticas. Su efecto ataca directamente la innovación y las nuevas creaciones sumiendo en la pasividad del consumo a la gran masa trabajadora. Por último y no menos importante, la “piratería” es la vía “económica y popular” por la cual cualquier hijo de vecino accede al conjunto de ideas reaccionarias que propaga el sistema a través de la industria del entretenimiento.